martes, 17 de febrero de 2009

Ninfa Rezagada

Hacía un viento ensordecedor ese día en el manantial de las almas perdidas, una hermosa ninfa de cabellos plateados y piel pálida yacía en la copa de un árbol donde se había construido una pequeña cabaña hecha de hojas y ramas que ella misma había recogido y subido de una en una. Había permanecido en aquel lugar desde que quedó rezagada de su familia en el camino de vuelta a casa, hace más de 5 años.

En el manantial la conocían como la ninfa rezagada, desde el primer momento estableció una estrecha amistad con un felino alado que parecía tan senil como los árboles que les rodeaba. Llevaba años tras información que le permitiese salir de aquellos muros que le inhibían de toda posibilidad de escapar.

Pasaban los días, los meses, los años, pero no eran capaces de descifrar aquel acertijo que les conduciría de vuelta a casa. Un día merodeando por las aguas infinitas del manantial, la ninfa vislumbró un rayo brillante que nacía del fondo del agua, se quedó paralizada por un instante sin saber qué hacer, tras unos segundos de ceguera decidió sumergirse en las profundidades dejando grandes ondas en su camino. Hubo de bajar un par de metros antes de darse cuenta del poco oxigeno que le quedaba, resistiendo ante la posibilidad de ahogarse nadó y nadó hasta que al fin pudo sostener entre sus delgadas manos el objeto que anhelaba, recordó la falta de oxigeno que padecía y como si una bestia se abalanzase hacia ella emprendió su regreso a la superficie.

Una vez en tierra firme observó aquel artilugio que sujetaba entre las manos, asombrada por el hallazgo, lo estrechó en su pecho y echó a correr en busca de su felino amigo. Cuando llegó al lado de su amigo, emitió un fuerte suspiro y lo cogió por un brazo, sin darle explicación alguna lo arrastró hasta su cabaña donde le mostraría el objeto que había encontrado bajo las aguas del manantial, era una llave con un símbolo un tanto peculiar, en la parte superior se podía ver un gran sol dibujado sobre un denso bosque. Pasados unos minutos de observación y preguntas sin respuestas, el felino recordó que paseando un día a la luz del alba en uno de los árboles que allí anidaban pudo distinguir una cerradura con olas a los lados de un color celeste como el mismo cielo. Decidieron con gran anhelo ir en busca del cerrojo descrito por el felino.

Con la llave en una mano y el corazón en la otra, tomaron rumbo en busca del cerrojo, cuando llegaron al lugar en el que el felino recordaba haber visto el cerrojo no encontraron nada más que arboles silenciados. Apaciguaron sus esperanzas de encontrar su recompensa a tantos años agazapados en aquel lugar. ¡El amanecer, claro! –exclamó el felino abriendo de par en par sus oscuros ojos–, ahora ya no ponemos hacer nada, si no me equivoco la llave llevaba inscrito un dibujo cuya imagen era un sol sobre un bosque ¿no? Pues creo que nos quiere decir que es el alba quien nos mostrará donde se esconde la cerradura del árbol –prosiguió el felino.

A la mañana siguiente a una hora que ni los gallos podrían cacarear, se levantaron y despidiéndose de aquel lugar emprendieron el camino que les llevaría de vuelta a casa. Llegaron al bosque, mirando hacia un lado y hacia otro sus ojos descubrieron un espacio donde se filtraban los tenues rayos de sol, siguieron deprisa el rastro de luz con el miedo que se esfumara. En la lejanía divisaron un árbol alumbrado, corrieron más deprisa entusiasmados por lo que estaban presenciando en aquel lugar, un cúmulo de sensaciones y sentimientos les recorría por el cuerpo, ya estaban cerca. De repente pararon en seco, ya estaban allí, respiraron y alzando la vista vieron la cerradura reluciente con las olas celestes que se semejaban a las del manantial que tanto conocían. El felino se alzó en el aire expandiendo sus elegantes alas para alcanzar a introducir la llave en la diminuta pero imponente cerradura. Abrió la puertecita, dentro había una cajita con unas letras inscritas, bajó enseguida junto a su amiga y juntos leyeron aquellas palabras, “Aquí yace el corazón del manantial, su poder otorgará un único deseo a la persona que le devolvió a la vida, pero cuidado, porque si tu corazón no es puro el deseo se volverá en tu contra”

Tomaron entre sus manos aquella joya, y deslizándose por sus caras las gotas de alegría que emanaban de sus ojos pidieron el deseo que tanto tiempo suspiraban, la vuelta a sus casas. Todo fue muy rápido, se cruzaron un número infinito de imágenes en sus mentes y de pronto abrieron los ojos, estaban en casa.

La ninfa se encontraba delante del portón que por mucho tiempo había sido su casa. Llamó y salió a su encuentro una mujer mayor que al ver a su hija emitió tal chillido que se quedó introducido en sus tímpanos hasta el atardecer. Por otro lado el felino volvió a sus maravillosos aposentos en el cielo donde residía su familia, quienes con los brazos extendidos le recibieron.

Aunque sus vidas no llegaron a cruzarse nunca más, siempre les quedará el recuerdo de un maravilloso amigo que le salvó de una vida que quedaría rezagada para siempre.

4 comentarios:

  1. Me alegro cuando veo que la gente se atreve a publicar sus pensamientos e historias.
    Enhorabuena!

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  2. Me gusta tu historia y tambien me gusta que tiene un bonito final, pero no encuentro cual felino tiene alas y vive en los aires, acaso es una quimera o algún ser mitológico?... Te agradecería una respuesta... jofe18@hotmail.com... Gracias.

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  3. Hola john Fredy
    Si, existen los gatos alados, existe una leyenda sobre los gatos alados, eran criaturas diabólicas perseguidas por los humanos y que vivían en un convento cercano a Florencia, donde volaban y eran mantenidos por los monjes y escondidos al resto del mundo. La verdad es que es una malformación de los gatos corrientes, esos que puedes ver en cualquier lugar solo que tienen eso, una malformacion en la piel.

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  4. Hola, Virginia. Escribes bonito, y desde luego te lo curras. Por qué tanto tiempo sin una entrada nueva? Vigilaré de vez en cuando...

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